¡No quiero ir...!


 

Mis pies se encuentran pesados, atados a grilletes. Se encuentran hinchados, como volcanes a punto de hacer erupción. El dolor invade mi cuerpo, desde las uñas del pie, hasta el ultimo cabello sobre mi cabeza.

Quiero detener el dolor… pero no puedo…

Entre tanto suspiro y jadeo, mi alma quiere descansar.

Mi cuerpo pide a gritos, que cese por un momento mis actividades, para tomar nuevos aires, y seguir con la empresa. Pero le niego esa oportunidad.

El dolor siempre ha sido mi compañera desde que tengo memoria. Siempre ha estado conmigo en todo momento, a cualquiera hora. Nunca me dice no. De hecho… me busca, sabe cómo como encontrarme, conoce mis debilidades, conoces mis miedos y temores… y para el peor de los males, ¡Los aprovecha!

He intentado de todo para alejarme de él. Conoce mis puntos débiles, conoce mis flaquezas. Huir de él, es imposible, conoce mis rutas de escape y mis atajos. Me conoce tan bien, que sabe dónde, cómo y cuándo clavarme la daga por la espalda.

Cavilo en mis mas profundos temores, del porqué soy así… mientras mas lo analizo, no hallo respuesta alguna…

Me palpitan los pies de tanto dolor. Y como dije, aun me hace falta por terminar este largo y tormentoso día.

Desconozco la hora, y me encuentro desubicado en tiempo, espacio y casi en persona. Mis manos están anquilosadas de tanto escribir. y aunado a ello, mi hombro inicia con molestias, y me duele cada vez que hago un movimiento.

Tengo tantos pendientes, que no sé por dónde empezar…

Mi cuerpo pide a gritos un breve periodo de descanso. Mi mente ya se encuentra cansada, ya no puede procesar todo lo que he pasado hasta el momento… mis ojos quieren llorar por todo lo sucedido esta semana. Mis lágrimas se quieren ahorcar, por no querer tocar mis mejillas. Mis labios y cuerdas bucales quieren gritar a viva voz que estoy cansada, que ya no aguanto, que mi cuerpo completo se encuentra aplastado. Y lo único que quiere es descansar por lo menos un día…

Grito y suplico en silencio, que hoy, sea un día diferente. Que me vaya mejor que los días previos. Mi mente y mi corazón suplican por tener paz por los menos un día. Porque el cansancio se esta apoderando de mí.

Pero no es así…

Aquí me encuentro sentada nuevamente en el banquillo de los acusados. Esperando mi sentencia, esperando mi verdugo. ¿Por qué todo me sale mal? ¿Por qué a mí? ¿Por qué suceden estas cosas siempre a mí? 

¿Por qué…? 

¿Por qué…? 

¿Por qué…?

Me encuentro tan cansada y frustrada, que quisiera gritar al mundo que ya no soporto este peso. Mientras estoy esperando a mí verdugo. Intento relajarme un poco, tan siquiera un poco. Imploro a mi cuerpo y mente que descansen un poco, previo a la sentencia. Pero no pueden… se encuentran estresados por el nuevo evento, que ahora se encuentra en boca de todos…

Mis ojos quieren saltar y huir de mí. Siento que mis músculos oculares están escarbando en lo profundo de mi cráneo, buscando la forma de como liberarse. Buscan y no hallan como hacerlo. Mis ojos quieren huir de mí, y los comprendo. Mis párpados también se encuentran realizando un acuerdo con ellos para poder escapar. Mi mente los oye hablar, los oye confabular, escuchando el plan de huida. Cada toque que siento en mis ojos y parpados, es porque ellos están tratando de librarse… fasciculaciones le dicen.

¿Por qué quieren huir?

Lo hacen, porque están agotados, aburridos de mí, de mis problemas, de mis llantos. Es un trabajo extenuante el llorar casi todos los días. Tanta lágrima que he derramado que siento que estoy mas deshidratada.

Mis lágrimas, cada vez que salen por mi glándula lagrimal, se mantenían siempre cerca de mí, dándome consuelo, me acompañaban todos los días, a toda hora. Se quedaban sobre mis labios, se quedaban quietas, frías e inmóviles, escuchando todo mi sufrimiento, y luego de un tiempo, desaparecían. Me sentía tranquila, porque por lo menos alguien estaba cerca de mí, en mi tormento que vivo todos los días.  

Pero el dolor, la agonía, la miseria me acompañan en todo momento, que no sé como dejarlas, como abandonarlas. He pedido y rogado al creador, que me ayude a superar estas penas, pero al momento no ha enviado señal alguna. ¿Acaso se ha olvidado de mí? ¿Acaso le gusta verme sufrir? O simplemente ¿Me ignora?  

… ahora mis lágrimas, ya no se quedan conmigo a consolarme. Ahora… solo se enteran de otro problema, y se niegan a salir, se niegan a brindarme calor que tanto necesito estos días. Se niegan a rozar mi mejilla, que eso a mí me consuela y me siento querida. Y si salen, simplemente es para suicidarse. Salen rápidamente, pasan tan presurosos que ni siento su calor, y buscan el suelo para perder la vida.

¿Soy tan desdichada que hasta mis lagrimas ya no me quieren? ¿Acaso es tanto el dolor que guardo dentro de mí?

Mi piel se reseca, el maquillaje se arruina. El delineador se corre por mis parpados. Mi voz se quiebra. Ya no me veo bonita, mi belleza se ésta arruinando día a día. Me siento fea, me siento abandonada, me siento como un bicho. Me siento una cucaracha. Quisiera desaparecer para siempre, pero no se puede… ¡Qué triste me encuentro! Y nadie me entiende…

Pero mientras estoy sentada, y pensando todo eso, la frustración, la agonía, la melancolía y el dolor llegan conmigo, me tienden su mano y me abrazan. El sentimiento es tan inmenso y hay tanto que quiero decir, que otra vez vuelvo a llorar. Lloro en silencio, lloro para mí, lloro porque es la única forma de desahogarme, de liberar la frustración que tengo dentro de mi ser. Mis lagrimas las veo caer sobre el suelo y mi ropa, suicidándose.

Mis manos me tiemblan, mis labios y mi lengua se tornan mudos…

De pronto… mi teléfono suena… y veo que es mi jefe de grupo… y dentro de mí me pregunto ¿Ahora que hice? ¿Ahora que paso? ¿Algún paciente se complicó? ¿Algo del turno esta mal? Y otras preguntas que rondan mi cabeza.

Con la mano temblorosa y la voz titubeando contesto la llamada. Me saluda… y luego… me cae otra llamada de atención, por algo que no se hizo bien. Y mi residente de mayor jerarquía me da un ultimátum. Y no sé que hacer… mientras me seguía hablando mi mente trataba de buscar cual fue el error, pero mi mente esta en shock, que no sabe y no recuerdo que fue lo que realmente paso. Y mientras me hablaba … mis lágrimas cayeron nuevamente. volví a llorar. Llore en silencio.

¡No sabía que hacer!

El llanto era mi única salida. Quería que en ese momento la tierra me tragaba y me desaparecía para siempre. ¡Pero no se puede!

Me sentía tan miserable, sin poder hacer nada. No sabía ni como defenderme…

Y cuando mi residente termino de hablarme, no supe que decir, simplemente le dije. ¡Sí, no volverá a pasar! Y cuelgo el teléfono.

La frustración me invade nuevamente. Con el llanto a flor de piel. Veo mis manos temblorosas. Mis labios sin emitir palabras, porque no podía hablar, solo balbuceaba de tanto dolor. Me tomo el cabello, trato de arrancarlo, grito en silencio, y lloro mas fuerte, me digo a mi misma. ¿Qué te pasa? ¿Por qué eres así? ¿Acaso no te das cuenta de esos pequeños detalles? ¡Mejor debería irme! ¡Mejor me salgo! ¡Ya no quiero estar aquí! Y sigo llorando, tirada en una esquina del pasillo del hospital. No me importa que me vean las demás personas. no me importa que hablen de mi 

¡No me importa nada! 

¡Nada!

¡Ya no aguanto!

¡Quiero paz! ¡¿Acaso es mucho pedir?!

Y me pongo a divagar con mi mente y mi alma, sobre que quieren hacer…

Al estar sentada en una esquina del hospital, con el pelo alborotado, sin maquillaje, sin belleza. Me hago bolita. Tomo mis piernas y las abrazo, fuerte, muy fuerte. Pongo mi cara frente a mis rodillas, y me balanceo, como si estuviera sobre una mecedora. Y me quedo ahí, por un momento…

¡Qué situación tan difícil la que estoy pasando!

¡No se lo deseo a nadie, Nadie!

Luego de un tiempo, desconociendo el mismo. Me levanto y trato de arreglarme el pelo. Seco mis lágrimas, las únicas que quisieron quedarse conmigo. Y me dirijo nuevamente a la oficina de mi jefe, y por suerte, aun sigue ocupado. Y me siento a esperar a que salga. Mientras espero, mi servicio esta hecho un despelote, no se que hacer con tanto quehacer. Pero… así es mi trabajo.

Por suerte… mi jefe sale y me dice: Mejor después platicamos, porque ahorita tengo reunión, y no sé a que hora saldré. Mejor mañana. Haz tus cosas. Y no es nada malo. Feliz día.

Al oír esas palabras, pude ver la luz, aunque sea un rayo, pero ya es algo. Me sentí más tranquila. Y me dije: Bueno, a hacer tus quehaceres. Y me dirijo a mi servicio, a realizar todos mis pendientes.

Llego al servicio, y veo que esta hecho un desastre, como si acabara de pasar un huracán. Como si una tormenta pasó por aquí, he hizo mucho daño.

Busqué un gancho y me hice una cola. Fui al baño a lavarme la cara. Me puse algo de base, me pasé el delineador. Y manos a la obra. Arreglemos este desastre. Por fuera me veo fuerte y decidida a arreglar todo, pero por dentro estoy destrozada, quisiera llorar nuevamente. Quisiera irme de aquí, quisiera no volver jamás.

Por fuera me ven sonriendo, pero por dentro no. Por dentro esa sonrisa se encuentra apagada, pisoteada como mi vida.

Las horas pasan… no veo la luz, solo veo el cambio de personal, eso me hace suponer que ya entró la noche, y a mí, aun me hace falta por hacer.

El hambre me invade. El sueño me cobija. El cansancio se pone a mi diestra. El dolor vuelve aparecer ¿Por qué son así conmigo? ¿Qué quieren de mí?

Mi estomago hace ruido, quiero comer, y no tengo comida. El agua no sacia mi hambre, tampoco mi sed. No tengo dinero para comprar algo de comer. Por la hora, ya no hay nada de comer por estos lados. No he desayunado, no he almorzado, mucho menos cenado. De razón mi estomago esta sufriendo, y no tengo nada con que consolarlo.

Mis ojos están cansados, por llorar y por otras cosas. Mis parpados están pesados, muy pesados, y me cuesta fijar la mirada en algo, y hasta miro borroso.

Mi mente se encuentra aturdida de tantas cosas que he vivido hoy. Se encuentra cansada, que no puede coordinar bien las cosas, no coordina mis movimientos, porque en varias ocasiones estuve a punto de caerme. Pero no pasó.

El sueño me hostiga y me dice; ven a descansar a mis brazos, no me rechaces, no seas así. ¿Qué te he hecho yo? ¿Acaso no quieres sentir el calor de mis brazos? 

Ven… ven… ven hacia mí. 

¡No te haré daño! 

¡Quiero ayudarte!

La oferta no esta mal, sin embargo, tengo mucho por hacer aún.

Son casi las cero horas, y yo todavía acá… son casi las cero horas, todos durmiendo y descansando y yo, sin poder hacer nada de eso.

Enfermería me pregunta ¿Doctora que hace aquí, a estas horas? Y yo, trato de ser fuerte, trato de demostrar que tengo las fuerzas para hacer las cosas, sin embargo, la nostalgia me gana, y simplemente me pongo a llorar nuevamente. Me desahogo con ellos, y rápidamente me consiguen algo de comer, me traen de algo de tomar, y al ver ese gesto. Mi cuerpo no lo piensa dos veces, y mastico la comida, como si fuera la última comida de mi vida. Mientras como, mis lágrimas siguen cayendo, por lo triste que estoy.

Mi llanto es mi mejor amigo, nunca me abandona. El dolor, mi mejor compañía, siempre me acompaña a todos lados. El sueño, mi enemigo; quisiera dormir todo el día, pero no puedo, y siempre nos peleamos, como si fuéramos pareja.   

Luego de llorar y desahogarme con ellos, veo que ya es la una de la mañana. Ya tengo que irme a mi casa, tengo que dormir, tengo que descansar. Porque tengo que liberar todo este peso que estoy cargando.

Llamo a mi padre, para que venga a traerme, y en un santiamén él está por aquí.

Cuando llega, subo al carro con todas mis cosas, y al sentarse en el sillón, mis ojos de forma automática se cierran por todo el cansancio que tengo, y el sueño me abraza inmediatamente, cayendo en sus brazos y me hace piojito. Luego oigo una voz que dice: ¡ya llegamos, vamos a tu cuarto! ¡Descansa!

No sé como sucedió, pero al darme cuenta estaba sobre mi cama. Es tan suave, como si estuviera sobre una nube, blanca y algodonosa. Tengo mis almohadas y mis peluches esperando por mí… y al estar en ese ambiente conocido y relajante, me dejo llevar por el sueño, y estoy tan cansada que ni si quiera me quito la ropa para dormir…

Me encuentro en mi sueño profundo, soñando cosas bonitas. Soñando que el mundo es de color de rosas. Yo tan bella, relajada, maquillada y bien arreglada. Como toda dama. Sin embargo… no todo es así…

A lo lejos oigo que mencionan mi nombre. Es una voz conocida. pero hago caso omiso, y continuo en mi mundo feliz y contenta. Sin embargo, oigo nuevamente la voz, diciendo mi nombre…

Y lo hace tan repetitivo, que al final tengo que abandonar ese mundo de fantasía y volver al mundo real y cruel.

Y mi mami me dice, hija, ya es tarde, tienes que ir al hospital. Y al oír esas palabras “hospital”, mi cuerpo inicia con escalofríos, el temblor nuevamente aparece, el dolor se postra sobre mi cuerpo, la agonía se coloca sobre mi mente, el llanto nuevamente se posa sobre mis ojos, y las lágrimas brotan como si fuera invierno.

¡No quiero ir!

¡No quiero ir!

¡No quiero ir!

¡No quiero ir!

¡No quiero ir!

¡No quiero ir!

Mami ¡No quiero ir!

Y lloro nuevamente, lloro amargamente y no encuentro pesar. Mi madre tan linda me abraza y me dice: todo es posible, tu tienes la capacidad de hacerlo. ¡Vamos! ¡Ánimo! ¡Yo sé que tú puedes!

¡Mami, en serio! ¡No quiero ir! Se lo digo llorando, tumbada en mi cama, abrazando mis almohadas, mis peluches, los abrazo, tan fuerte, porque no quiero soltarlos. No quiero dejarlos porque allí estoy tranquila, y en paz.

Abrazo a mi madre, y lloro nuevamente, y ella llora conmigo…

Susurrándole a los oídos, le digo: ¡Mami, no quiero ir! 

 

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