El Intensivo... ¡y sus cuatro paredes!


Abro los ojos. Estoy acostado en una cama. Veo a personas que rondan a mi alrededor de forma constante. 

¿Quién Soy? 

¿Qué hago aquí? 

¿Por qué tengo tantos tubos conectados a mí cuerpo?

No sé…

…Ya recuerdo. Estoy en el hospital… con una enfermedad que me ha condenado al sufrimiento. ¿Mi diagnostico? Un enigma Médico. Mi pronostico…

Me siento especial. Desde el primer día que ingresé, muchas personas, se preguntan que tengo.

Es un enigma médico. Algo que, hasta el momento, nadie sabe que es. Existe alguien especial, una persona de tez morena, con el pelo crespo, de color negro, con bata blanca, bien presentable, con la bata siempre abotonada, que le llega hasta las rodillas. Siempre pasa todos los días, junto con otros médicos, porque todos andas con bata blanca, tanto estudiantes de pregrado como posgrado. 

Él les pregunta ¿Cómo está mi condición? ¿Qué tengo de nuevo, que mejorías he presentado? Hablan de causas, tratamiento, sobre todo fisiología o fisiopatología, no recuerdo la palabra exacta. Él jefe, tiene mucha paciencia para explicarles sobre mi condición, y sobre el manejo del mismo. Al ver que mi condición, cada día es peor. Les cuestiona sobre el turno, ¿Qué cambios hubo? Les pregunta ¿Qué diagnostico tengo? Y al momento… Nadie sabe... 

...Optan por iniciar ventilación mecánica protectora, volúmenes bajos, no que es eso. PEEP altos, relación I:E inversa, entre otras cosas que hacen con el ventilador. Luego puncionan mi muñeca, para obtener una muestra de sangre para realizar gases arteriales, y según entiendo, buscan mi nivel oxígeno y dióxido de carbono, que estén dentro de límites normales. Y si no está bien, vuelven otra vez a cambiar y modificar el ventilador, que horrible será estar en el lugar del médico, es estresante, ya que todo tiene que estar dentro de lo normal, con el objetivo que mejore, ya que me he dado cuenta, que, si algo está mal, los regañan… pero es mi vida la que está en juego, y yo haría lo mismo. Me han hecho un sinfín de estudios, tantos pinchones, tantas radiografías, que, al momento, nadie sabe que es lo que tengo... 

Los médicos hablan, hablan y hablan por mucho tiempo, usan terminología que desconozco. Mencionan tantos nombres de medicamentos, que nunca había oído. Hablan de parámetros ventilatorios, hablan de ARDS, hablan de PEEP, la verdad… no tengo ni la menor idea de que es. Hasta hablaron del por qué se bajó el PEEP, sin tener criterios, y lo todo lo ganado hasta el momento, se perdió… y hay que iniciar de nuevo. Pero sobre todo… siempre incentivando a que lean sobre la enfermedad que uno como paciente llegue a presentar, para ser mejor médico, día a día. Y tener las bases científicas, y sobre todo, medicina basada en evidencia.

Observo otros médicos que llegan, y rotan según un rol que existe, eso deduzco, porque por las tardes, son diferentes médicos. He notado, que llegan otros médicos, de diferentes especialidades, que llegan a dar un punto de vista distinto, pero también ellos… no saben que tengo… triste mi caso.

Pero… existen otras personas que se preocupan por mí. Por las mañanas, a eso de la 7 de la mañana, hacen el cambio de turno. Y destaca la jefa de aquel lugar, carismática, amable, simpática, una persona de buen carácter. Todos los días, les pregunta como estoy, que cambios hubo, y siempre pregunta por mis medicamentos, que todos se hayan administrado, que no falte ni uno. Se preocupa tanto por mis medicamentos, hasta el punto de discutir y reclamar a los médicos vestidos de blanco (que les dicen externos, desconozco el por qué), del por qué no están hechas las recetas, y si no hay medicamentos, discute con los médicos vestidos de celeste. Diciendo siempre, “es por el bien del paciente”

Además de ello, enfermería es quien me brinda los cuidados higiénicos, todas las madrugadas me bañan, que agradable es darse un baño. Me cepillan los dientes, me rasuran, me lateralizan, aunque por orden médica y por mi condición, no lo hacen, y veo que se sienten frustrados. Me cubren con las sabanas y ponchos para que no sienta frio. Velan para que no me salgan ulceras, por el tiempo prolongado de estar en esta posición, y, además, que las camas son incomodas. Me aspiran secreciones, aunque generalmente lo hace terapia respiratoria. Toman mis signos vitales, notifican si algo no se encuentra dentro de lo normal. Descartan la orina, la cuantifican, y si disminuye también tienen que notificarla. 

Por las mañanas, después de bañarme, observan que todos mis catéteres y sondas estén cubiertas, que estén permeables, porque en la mañana al entregar, tiene que estar nítida, porque si no, les llaman la atención. Y todo esto… hace que me sienta como una persona normal, presentable, aunque tengan muchos tubos y monitores conectados a mi cuerpo, me siento feliz por tener a médicos que se preocupan e investiguen que tengo, pero, además, enfermería dándome los cuidados, para que mi estancia sea lo más cómodo y humano posible. Personal médico y paramédico, haciendo trabajo en equipo, por el bien de los pacientes, y me doy cuenta, que esta carrera es la más humana de todas. Me siento como si estuviera en casa.

Los días pasan… veo a mi madre que viene a visitarme todos los días. Es la mujer más fuerte de este mundo, no sé cómo aguanta verme así todos los días, con todo esto conectado. Veo sus ojos, están rojos, hinchados, se ven cansados, de tanto llorar por mí. Cada vez que me ve, sus ojos inician a temblar, su tez se arruga, e inician a rodar lagrimas sobre sus mejías, trata de ser fuerte, pero sé que por dentro está destrozada por verme así.  A pesar de esto, ella es muy paciente, guarda la cordura, mantiene la calma, como toda una dama, que la caracteriza. Habla todos los días con los médicos que están de mañana en este lugar. Y por lo que deduzco, es que siempre le dan malas noticias, eso veo en sus expresiones. 

¿Qué pensara sobre mi futuro? 

¿Qué pensamientos rondaran por su mente? 

Creo… que quiere verme desconectado de todo esto, o por lo menos que le digan… señora… ya sabemos que es lo que tiene su hijo. Pero no. Nadie sabe mi diagnóstico. 

Todos los días que entra a visitarme, siempre la veo agobiada, preocupada, tensa por mí. Me seca mi sudor de la frente, me dice palabras al oído, diciéndome que me quiere, quiere verme bien, saludable, fuera de este lugar, susurrándome al oído que me ama, así como lo hacía cuando era niño… que triste no poder complacerla, para que ella se encuentre feliz, que me vea trabajando, como cualquier persona común. 

...Madre… lamento todo esto, no sé qué decirte, no sé cómo actuar, perdóname por estar así, sé que tú darías la vida por mí, como cualquier mamá lo haría de este mundo. 

Gracias por todo lo que hiciste por mí, durante mi niñez, adolescencia, juventud y a pesar de hacer mis rabietas, mis desplantes hacia tu persona, tú siempre estuviste a mi lado, nunca me abandonaste, nunca me diste la espalda, siempre oí tus oraciones para que yo mejore, para que guíes a los médicos en encontrar mi diagnóstico. Siempre te vi positiva, a pesar de los golpes de la vida, sabes… tu eres la mejor madre de este mundo. Si volviera a nacer, quisiera que tú me volvieras a educar y a cuidar nuevamente. 

En los primeros días de mi estancia en este hospital, tú me alimentabas, así cuando era niño, me tenías paciencia, mejor dicho… me tiene paciencia, a pesar de todo lo sucedido. Madre... agradezco todo tu amor, tu cariño, tu compresión, tu paciencia. Te amo.

Los días transcurren, no hay un diagnóstico claro. Veo más cansada a mi mamá, lo noto en sus ojos y voz quebrantada. El ambiente ha cambiado, porque mi vida está en juego. Los médicos están al borde de la locura, por tanto, me realizan una biopsia de mi pulmón derecho, y salgo descompensando, pero ellos logran estabilizarme nuevamente. ¡Gracias!

Me siento cansado, frustrado. Estoy al borde de la locura, estar en estas 4 paredes, donde ha pasado de todo, pero nada ha servido, nada me dice que tengo, demasiados estudios, demasiado exámenes, pero NADA. ¡Dios ayúdame! Veo que esto no tiene fin. ¡Dios, por qué no hay nada claro! Mis días están contados, lo presiento, y mi madre también lo presiente. 

¡Qué triste no poder ayudar! ¡Qué dolor! ¡Qué angustia! Es algo que no se puede describir.

Ya pasaron 2 semanas, y esto no mejora, de hecho, todo sigue igual. 

Es de noche, lo sé, porque están prendidas las luces de este lugar, creo que es como las 23:00 horas, y todos preocupados por los pacientes que están en este intensivo. Veo rondar a médicos, enfermeras, personal de limpieza, terapia respiratoria, entre otras personas, que no conozco. Un médico me evalúa, y me dice que mi pulmón no responde, y que nota algo raro en él. Así transcurre la noche. ¡Ya no aguanto! ¡Ya no soporto esto! ¡Qué hice para merecer esto!

Despierto bruscamente, me cuesta respirar, a pesar de tener un ventilador, veo que los médicos y enfermería están a mi alrededor, todos corriendo. 

¿Qué sucede? 

Oigo que mi saturación baja hasta valores mortales, y que puedo presentar un paro cardiaco. Hablan entre ellos y deciden realizarme una nueva radiografía, con el objetivo de ver que paso, porque todo estaba bien. Me quitan los electrodos, miran las bombas de infusión, traen el oxígeno, cuidan mi sistema de drenaje del tórax. Todos corren para ver que tengo, me realizan mi radiografía, y cometan que mi neumotórax aumento, sin saber por qué. ¡Dios ayúdame! Es un caos dentro de estas 4 paredes. 

Creo que mi hora ha llegado. Y cuando oigo decir: 

¡Está en paro! ¡Está en paro! ¡Está en paro! 

Me dije: Dios recíbeme en tus brazos, recibe a este hijo pecador. Y veo que los médicos y enfermería, están sobre mí dándome masaje cardiaco, administrando medicamentos. Pero… ¡todo en vano! Todos frustrados, porque descompense rápido, pero mi hora llegó.  …Y fallecí.

Y la noticia se expandió por todo el hospital. Notifican a mi madre. Al enterarse, rompe en llanto inconsolable, lagrimas tras lágrimas, formando un rio de lágrimas, lamentándose de lo sucedido. Traga el amargo sabor de la noticia. 

¿Qué puede hacer? Nada. Ya partí. 

Lo siento madre, por todo lo que sufriste por mí, desde que nací, hasta el día de hoy, nunca pensé que mi muerte fuese así, pero así lo quiso el destino, y así lo quiso Dios.

Ahora que estoy en el cielo, sin nada conectado a mi cuerpo, respirando sin ayuda de un ventilador, me siento libre. Ahora que estoy acá, no soporto el dolor de ver a mi madre sufrir, de ver que tiene que hacer papeleo para llevar mi cuerpo a la morgue, de realizar el velorio, cuando me llevan al sepelio. 

¡Qué dolor tan indescriptible! ¡Que sufrimiento! ¡Qué difícil es ver al ser que uno ama, sufriendo, y uno sin poder hacer nada! Y ahora... me toca descansar... Por fin.

Y desde aquí arriba, les envió mis bendiciones a todas aquellas personas que me ayudaron, y agradezco por todo lo que hicieron por mí.

¡Adiós!

HAdLD. QEPD






0 Comment "El Intensivo... ¡y sus cuatro paredes!"

Publicar un comentario